Ecuador cierra el primer trimestre de 2026 en una pinza estratégica que los datos de volumen no alcanzan a explicar por sí solos.

Por un lado, las cifras exportadoras de enero son las mejores en años para varios sectores: el camarón crece un 22,2%, el banano un 17,4%, los concentrados mineros se duplican. Por el otro, el entorno en el que esas exportaciones deben moverse ha cambiado de naturaleza. Lo que hasta febrero era una crisis de costos (recargos, fletes, aranceles) se ha convertido en algo cualitativamente distinto: una crisis de supervivencia operativa, donde las reglas del juego se reescriben mientras la carga está en tránsito.

La guerra en el Estrecho de Ormuz no es un evento logístico. Es una disrupción sistémica que encadena energía, fertilizantes, fletes, precios agrícolas e inflación global en un solo movimiento. La agresividad regulatoria de EE.UU. (que firma un acuerdo comercial con Ecuador con una mano mientras abre una investigación por trabajo forzado con la otra) no es una contradicción: es una señal de cómo Washington usa el comercio como instrumento de política exterior en tiempo real.

El CEO ecuatoriano que siga gestionando logística está respondiendo a la pregunta equivocada. La pregunta correcta para este trimestre es otra: ¿cuánta exposición tiene mi empresa ante eventos que nadie puede predecir, y cuánto tiempo tengo para reducirla antes de que el costo lo decida por mí?

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