En el TrendSpot de febrero advertimos que Ormuz era una variable a monitorear. En marzo dejó de ser una variable y se convirtió en el hecho dominante del comercio global.
El 28 de febrero, ataques coordinados de EE.UU. e Israel sobre Irán desencadenaron una respuesta que paralizó el paso marítimo más crítico del planeta. El estrecho, por el que fluye aproximadamente el 20% del petróleo y el gas licuado que se comercializa en el mundo, colapsó a una fracción mínima de su actividad habitual. El Brent superó los USD 100 por barril el 8 de marzo, con un pico de USD 126, la escalada más rápida de precios del crudo en la historia reciente.
Durante las siguientes semanas, el estrecho operó bajo un sistema de paso selectivo impuesto por Teherán: el tráfico se mantuvo alrededor del 90% por debajo de los niveles previos al conflicto, con un promedio de apenas 11 tránsitos diarios frente a los aproximadamente 125 que eran habituales. Irán fue concediendo acceso a ciertas banderas nacionales mediante acuerdos diplomáticos bilaterales, mientras las aseguradoras de guerra retiraban cobertura a la mayoría de operadores occidentales. Sin cobertura, sin tránsito: la ecuación era tan simple como devastadora para las cadenas de suministro globales.
El capítulo más reciente llegó esta semana. La noche del 7 de abril, Trump anunció un alto al fuego de dos semanas condicionado a la reapertura del estrecho. Irán aceptó, comprometiendo paso seguro bajo coordinación de sus fuerzas armadas. Los mercados respondieron de inmediato: el crudo estadounidense cayó alrededor del 8%, cotizando en torno a USD 103 por barril tras haber tocado USD 117 horas antes. El acuerdo, mediado por Pakistán, abre una ventana de negociación, pero no resuelve nada de fondo: la propuesta de diez puntos de Irán incluye el retiro de fuerzas de EE.UU. de la región, el levantamiento de sanciones y compensación por daños de guerra, condiciones que hacen improbable un cierre definitivo en dos semanas.
La lectura para Ecuador no es que la crisis terminó. Es que entró en una fase de incertidumbre administrada, donde los precios pueden moverse en cualquier dirección según el ritmo de las negociaciones en Islamabad.
El impacto local que los titulares no cuentan
Ecuador tiene una posición paradójica ante esta crisis. Es productor de petróleo, lo que en teoría debería beneficiarlo cuando el precio sube. Pero produce menos de lo que consume: sus refinerías procesan alrededor de 175.000 barriles diarios frente a una demanda interna de 291.000. La brecha la cubre con importaciones de derivados, cuyos precios se dispararon durante el conflicto. El mecanismo de bandas atenúa el traslado al consumidor, pero ese amortiguamiento tiene un costo fiscal que el presupuesto de 2026 (ya ajustado) tiene poco margen para absorber. Y aunque el alto al fuego alivie parcialmente el precio del crudo, las primas de seguro marítimo tardarán meses en normalizarse, lo que mantiene costos logísticos elevados con independencia de lo que ocurra en la mesa de negociación.
La segunda ola: los fertilizantes
Es el impacto que menos se está discutiendo en Ecuador y que más debería preocupar al sector exportador agropecuario.
Alrededor de un tercio del comercio marítimo mundial de fertilizantes transita por el Estrecho de Ormuz, y casi la mitad de las exportaciones globales de urea proviene de países del Golfo. Los fertilizantes nitrogenados, cuya producción depende del gas natural como materia prima, fueron golpeados desde el primer día del conflicto. El precio de la urea pasó de aproximadamente USD 482 por tonelada métrica antes del conflicto a USD 720 a mediados de marzo, una subida cercana al 50% en menos de tres semanas. QatarEnergy cerró su planta QAFCO, con una capacidad anual de 5,6 millones de toneladas, por interrupciones en el suministro de energía; China reforzó sus restricciones de exportación para proteger su mercado doméstico.
El alto al fuego no revierte esto automáticamente. Fitch Ratings elevó sus expectativas de precios de urea y amoniaco para 2026 en torno al 25%, advirtiendo que incluso si el conflicto cesa, recuperar las cadenas de suministro tomará meses. La producción opera con capacidad de reserva limitada y los aseguradores no reducirán primas hasta acumular semanas sin nuevos siniestros.
Para el exportador ecuatoriano, esto no es una noticia sobre el Golfo Pérsico: es una noticia sobre el margen neto en el campo. El banano opera con un precio mínimo regulado de USD 7,50 la caja. El camarón compite globalmente por precio. Las flores se venden en ventanas de precio que no admiten revisión unilateral. Cualquier incremento en el costo de producción agrícola que no pueda trasladarse al precio de venta se convierte en margen sacrificado, y ese margen ya era estrecho antes de que comenzara la guerra.
La decisión que ya no admite demora es revisar los contratos de compra de fertilizantes para el segundo semestre. Quien los tiene cerrados a precio fijo con anterioridad al 28 de febrero está en posición de ventaja estructural. Quien no los tiene está negociando en el peor mercado de fertilizantes en cuatro años, y el alivio temporal del alto al fuego no cambia los fundamentos de oferta que lo mantienen así.